ESPIRITUALIDAD MARIANA

COMO EL FUNDADOR,  CONSAGRADAS A MARÍA

El amor de nuestro Venerable Fundador a la Virgen María, bebido desde el seno materno, toda vez que Doña Anita lo consagró a Ella, antes de su nacimiento.  Fue un amor intenso  al que le dedicó las mejores ternuras de su corazón, un amor delicado; Ella, por su parte, lo acompañó desde su tierna infancia hasta la muerte, cuando se le identificó como:  ¡EL LOCO DEL AVE MARÍA!, rezaba insistentemente el Santo Rosario en casa, viajando en sus correrías misioneras, vivió la esclavitud Mariana.Así lo expresaba en uno de sus mejores versos:

Desde mi tierna infancia te amé madre querida; quiero toda mi vida, quemarme en este amor; Quererte, Madre ansío; con fuegos de ternura; con alma limpia  pura servir a tu Señor.

La Divina Maternidad de María fue el fundamento  de su devoción Mariana; así fue como el eligió un 8 de Octubre, día de la Maternidad divina, para que naciese su última fundación: las Hijas de la Misericordia, nacidas para cantar con Ella, las Misericordias del Señor: -¡Oh misterio de amor, vuestra Madre de las Misericordias no quiso que le levantáramos primero su monumento de hierro y concreto, con sus cimientos profundos y elevadas torres y muros desafiantes y sus atrevidas flechas, con sus ojivas y ventanales góticos: Ella quiso que se le fabrique otro monumento de doncellas virginales, de corazones palpitantes, de labios que se abran para la plegaria, de manos que se alzan y se juntan en el silencio de claustro de la sublimidad de la oración.

Y ¿quién los ayudará en esta gran empresa de la santidad? quién les tenderá la mano para poder andar la vía de vuestra perfección... Ah mis amadas hijas: Ella os ha tendido sus blancas manos con ánimo de estrecharos contra su dulce corazón de madre, esas manos suaves que recogen pesares del que sufre, del que llora. Desde el Testamento Espiritual, invita a sus hijos a ofrecerse a Ella como siervos, esclavos para alcanzar la salvación propia y la de las almas que Dios os confiará: ¡Oh, María, madre mía! por qué no me concedes el privilegio de acompañarte yo también, con carió filial en este tu primer viaje misionero... aprenderé de ti a sacar las almas del abismo del pecado.

¡CON ELLA, PRESUROSAS, LLEVEMOS  A JESÚS!

Como Hijas de la misericordia, hemos sido a llamadas a vivir en la Escuela Contemplativa y Misionera de Maria, así lo soñó, vivió y nos lo enseñó el Venerable Fundador: Miguel Ángel Builes cuando en reiteradas ocasiones nos insistía: Hijitos: VIVIR POR DENTRO"

Se percibe claramente su amor entrañable a María, la Hija Predilecta del Padre, la Esposa fiel del Espíritu Santo, y la amorosa Madre del Verbo cuando en sus alocuciones a sus hijos e hijas les dice en su Testamento Espiritual: Pido a María que me permita a mía y a mis hijos e hijas -aprender a ser Misioneros en su ESCUELA,  escuela de VIDA INTERIOR Y ACCIÓN MISIONERA, así en el Nº 91 del Testamento Espiritual se lee: "María ha de pasar en Nazaret los meses de su divino embarazo en inefable oración de amor, pensando en el Verbo encarnado, Cabeza de la Humanidad, que lleva en sus purísimas entrañas e igualmente en los miembros de esa Cabeza adorable, que habían de creer en Él hasta el fin de los tiempos (VIVIR POR DENTRO) y movida de celo va a empezar en compañía de Jesús, apenas concebido, la obra corredentora del género humano, en la persona de Juan el Precursor, que aún no ha venido al mundo".

María, se acordó de las palabras del Ángel:  “Tu prima Isabel está en sexto mes de embarazo” (Lc 1,36), y se inflamó en su pecho el incendio del amor a las almas que Cristo venía a redimir, y salió presurosa hacia las montañas de Hebrón. ¡Cómo lleva el Cielo en su seno, Gabriel y los ángeles le hacen la corte! ¡Oh María, Madre mía querida!, ¿por qué no me concedes el privilegio de acompañarte yo también y servirte con todo mi cariño filial en este tu primer viaje misionero en busca del alma del Precursor? Como tu siervo y peón de estribo llévame, Madre mía: aprenderé de Ti a salvar las almas, el Cuerpo místico de tu Hijo. (VIVIR POR FUERA LA MISIÓN). ─ Ven pues conmigo, hijo mío, ven, yo te enseñaré tus caminos, y los impíos se convertirán a Dios. (Sal 50

 

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